Zurbarán Rock Burgos 2025

En pleno mes de julio, cuando el calor aprieta y el calendario festivalero alcanza su punto álgido, Burgos vuelve a hacerse un hueco con una propuesta única: dos jornadas de heavy metal al aire libre, gratuitas y en un entorno privilegiado.

     En una ciudad que respira historia, el rock ha encontrado su templo. Nacido en Burgos hace apenas una década, el Zurbarán Rock ha ido creciendo sin prisa pero con fuerza, ganándose un hueco sólido en el panorama nacional de festivales gratuitos. Lejos del circuito masivo y comercial, este festival se ha forjado una identidad muy personal, cercana, potente y fiel al espíritu más auténtico del rock y el metal.

     Lo que empezó como una iniciativa casi local, con la intención de dar vida al verano burgalés y visibilizar a bandas emergentes, ha acabado por traer a nombres internacionales y un público entregado que cruza media península para corear estribillos en un enclave singular.

     Desde el principio, me propuse asistir a todos los conciertos, tanto por interés personal como con la intención de poder redactar una crónica lo más completa posible. Sin embargo, una serie de vicisitudes hizo que me perdiera parte de las actuaciones, es por ello que esta crónica más que hablar de las bandas, hablará del festival en sí, mi experiencia, lo que vi, lo que me sorprendió y lo que me llevé del Zurbarán Rock 2025.

     El primer asalto comenzaba el viernes 18 de julio a las 17:30, con Hadadanza dando el pistoletazo de salida a la batalla sonora; pero yo no llegaría hasta pasadas las 19:00, y llegaría bastante de los nervios porque no me quería perder a Robin McAuley, uno de mis preferidos del cartel y, aunque llegué ya con la actuación empezada, pude disfrutar de más de la mitad del concierto.

– Pero…Mia ¿Cómo es aquello? ¿La entrada? ¿El ambiente? ¡No has dicho nada!

– Shuuuuuu. Como he comentado anteriormente, llegué tarde y mal por perderme el inicio del tito Robin, así que hasta que no termine su actuación, no podré prestar atención a nada más.

     Aunque en un primer momento me encontraba desubicada, sin saber para dónde ir o dónde colocarme, finalmente me situé en un punto elevado, al fondo, desde donde poder deleitarme con los temazos coreados por un público entregado, como «Anytime» o «This Is My Heart«, y el buen rollo que transmitía Robin McAuley. Algo que me sorprendió desde el primer momento fue el sonido tan nítido y limpio de todo el conjunto.

     Ya algo más relajada, aunque sin un bourbon aún en la mano, me dediqué a observar y analizar mi entorno. Aunque hacía meses que había pasado por el lugar en el que más tarde se celebraría el festival, no me hacía una idea de cómo podía montarse algo así allí. 

     Se trata de un parque flanqueado por decenas de árboles de gran porte (Platanus sp., por si es de interés de alguien), avenidas, edificios, comercios… Y todo seguía allí durante la celebración del evento, era como si el festival hubiera creado su propio microclima dentro de aquel parque mientras, alrededor, la vida seguía su curso: los coches seguían circulando, los comercios seguían con su actividad cotidiana y la gente paseaba junto al parque, lo que no era de extrañar encontrar entre el público a personas mayores, familias con sus bebés, perros…todos juntos, pero no revueltos.

Vista general del parque donde se celebra el Zurbarán Rock.
Vista general del parque donde se celebra el Zurbarán Rock.

     El escenario dominaba uno de los extremos del parque y, al fondo, en el lado opuesto, se situaban las barras de bebida y comida, así como la zona de merchandising de las asociaciones organizadoras y de las bandas participantes. Más o menos a mitad entre esos dos puntos, a la derecha, se alzaba una gran pantalla para facilitar la visión del escenario. 

     Pero la cosa no quedaba ahí, ya que… ¡Había un segundo escenario! Y había poco tiempo entre actuación y actuación, que se iban alternando entre ambos escenarios. Así que, antes de cambiar de sitio, tocaba hidratarse. Para ello, había que canjear (sólo pago con tarjeta) el dinero por la moneda del festival, los «zurbis», unas fichas de plástico (tokens en otros festivales) con las que podías adquirir tanto la comida como la bebida, pero no el merchandising. 

     Una vez realizada la transacción, nos acercamos a la barra a por la bebida a precios populares (a elegir entre cerveza, calimocho, refrescos o agua), más el vaso reutilizable propio del festival.

     Ya con todos los recados hechos, toca darse prisa para llegar al segundo escenario que, por suerte, se encuentra a tan sólo unos metros del primero, separados por un edificio.

Concierto en Robin McAuley en el escenario principal.
Concierto en Robin McAuley en el escenario principal.

     Entre cambio y cambio. me topé con los compañeros de la Asociación la Vega Rock. Siempre es una alegría encontrarte con caras conocidas y más aún, tan lejos de tu ciudad.

     Ya en el segundo escenario, algo más discreto, le tocaba el turno a Cinnamon, una banda local de Burgos que supo llenar de energía el espacio con un sonido sorprendentemente potente. A pesar de su juventud, se mostraron seguros y entregados, conectando con el público desde el primer tema.

   Una propuesta interesante que dejó claro que en la ciudad hay relevo generacional para el rock.

Cinnamon en el segundo escenario.
Cinnamon en el segundo escenario.

     Esa zona también contaba con su propia barra y había un bar con terraza muy cerca del escenario, por si prefieres ver los conciertos de manera más distendida. Como veis, tenéis opciones para todos los gustos. Entre escenario y escenario había dos zonas diferenciadas, por un lado, una pequeña galería con puestos típicos de los festivales (camisetas, discos, artículos de cuero, etc.) y, por otro lado, los baños portátiles, dispuestos en hilera y separados por sexo.

     Pese a que la afluencia de público era elevada, las colas en barras y baño fluían con rapidez y una vez frente a los escenarios, podías moverte sin problema entre la gente y avanzar hacía las primeras filas sin dificultad.

Bar con terraza junto al escenario secundario.
Bar con terraza junto al escenario secundario.

     De nuevo, pasamos a la zona principal para darlo todo con el conciertazo que dieron Ross The Boss, antiguo guitarrista de Manowar. Sin duda alguna, este fue para nosotros el concierto de la noche, gracias a éxitos como «Battle Hymn«, «Fighting The World» o la potente «Hail And Kill«. Nos hicieron cantar, saltar, alzar el puño y revivir en hermandad todos los clásicos de Manowar.

     Me reiteraré a lo largo de la crónica en que en todo momento el sonido fue excelente. En varias ocasiones escuché a gente de alrededor comentar que el sonido estaba muy bajo con respecto a otras ediciones. En mi caso, al ser mi primera vez en el festival, no puedo opinar sobre ello, pero como ya he dicho, todo se percibía muy nítido. De ser cierto lo comentado, entendería el control en el volumen, teniendo en cuenta que el evento se desarrolla en pleno centro de la ciudad, con vecinos que a esas horas ya estarían intentando dormir.

Puños en alto durante el concierto de Ross The Boss.
Puños en alto durante el concierto de Ross The Boss.

     Tras descargar casi todas nuestras energías con Ross The Boss, tocó hacer parada para reponer fuerzas y comer algo sentados en el césped, oyendo de fondo a la banda italiana Xeneris. Aunque había algo más de cola tanto en la barra de la comida como en la de bebidas, todo iba rápido gracias a un eficiente equipo de profesionales, por lo que la espera fue breve.

     Tenía mucha curiosidad por ver al siguiente grupo, Myrath, y la realidad superó mis expectativas. Su directo fue toda una sorpresa, desde los primeros acordes, su fusión de metal progresivo con sonidos orientales me atrapó por completo. La puesta en escena, cuidada y teatral, terminó de redondear una actuación que no sólo fue poderosa, sino también profundamente hipnótica. 

     Cada canción fue una pequeña joya oriental cuidadosamente tallada, donde se entrelazaban melodías exóticas y potencia escénica.

     Confieso que los dos últimos grupos me los perdí…en favor de un paseo por el centro de Burgos, su catedral y de unos chupitos de Thunder Bitch en el bar heavy Jarras, donde tuve la suerte de encontrarme con nuestra amiga de Sevilla, Chely.

     La fiesta, sólo cambió de escenario…. Aunque se alargó más de lo previsto, tocaba recogerse, ya que al día siguiente Robin McAuley volvería a hacernos disfrutar de su música con un acústico a los pies de la catedral.

Concierto acústico de Robin McAuley.
Concierto acústico de Robin McAuley.

     Ya es sábado, media mañana, nos toca correr de nuevo para llegar a tiempo, puesto que el acústico comienza a las 13:00. Pese al sol de justicia y poca sombra, la plaza y los bares estaban a rebosar, el ambiente era inmejorable, ideal para continuar comiendo por la zona y de ahí, al festival. Pero no fue posible en mi caso y lamentablemente, me perdí muchos grupos de la jornada del sábado.

     Aún así, pude disfrutar de Crazy Lixx, Injector y por supuesto, Stratovarius. Cada uno aportó su propia energía al tramo final del festival: los suecos Crazy Lixx con su glam festivo y contagioso, Injector descargando una buena dosis de thrash nacional con garra, y Stratovarius cerrando la noche (para mí) como auténticos titanes del power metal, con un directo impecable y una entrega que hizo vibrar a todo el parque.

Crazzy Lixx en el escenario principal del Zurbarán Rock 2025.
Crazzy Lixx en el escenario principal del Zurbarán Rock 2025.

     En cuanto al ambiente general del festival, la afluencia de público con respecto al viernes fue bastante más alta, ya no era tan fácil acceder a las primeras filas de los conciertos y las colas era más largas para todo, aún así, en ningún momento se percibía sensación de agobio, pero sí que todos los conciertos tuvimos que verlos desde el fondo, aunque gracias al sonido y a la pantalla, los disfrutamos igual.

     Y bueno, esto ya se va acabando. Antes de marcharnos, decidimos hacer una última parada en la barra para comer algo y gastar los últimos «zurbis». Pero ya quedaba poco donde elegir, lo cual, es una buena señal para el festival: probablemente no esperaban tanta asistencia y las provisiones no aguantaron hasta el final. La comida se agotó, el hielo escaseaba…síntoma claro de que el evento superó las previsiones.

     En resumen, lo que ha conseguido el Zurbarán tiene un mérito enorme. Organizar un evento de estas características, con una programación tan cuidada, bandas de renombre y grupos nóveles o menos conocidos a la altura del evento, en un entorno tan especial, tanto, que lo hace único y, además, de forma totalmente gratuita, es algo de admirar y agradecer.

     El ambiente fue excelente en todo momento, la organización funcionó con eficacia y la limpieza tanto de baños como en general del recinto fue de diez. El enclave, a un paso del casco histórico, le aporta un encanto difícil de igualar.

     Un festival que deja muy buen sabor de boca y al que, sin duda, dan ganas de volver.

     ¡Larga vida al Zurbarán Rock!

     ¡Pero antes de irme!

     Si no te quieres perder el Zurbarán Rock 2026 o los más inminente festivales y conciertos…

     ¡Aquí te dejo nuestro calendario conciertal!

     Calendario EdeM.

     Y así estimado lector, es como viví mi primer Zurbarán Rock.

Mia Wallace.

Mia

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