El riff que no cesa

El riff que no cesa.

     En esta ocasión, nuestro colaborador Francisco Javier Torres Gómez nos trae un elogio del fallecido Ross The Boss. Pedimos disculpas por haber tardado en publicarlo. La culpa es del Puli. 

En cualquier caso, ¡leed, insensatos!

Ross The Boss
Ross The Boss en aquel extraño concierto en Sevilla, con Marta Grimaldi a la voz.

     Abrid paso, posad las jarras de un litro sobre la mesa y guardad un respetuoso —pero atronador— silencio. Se ha marchado el hombre, pero queda el trueno. Ross «The Boss» Friedman ha decidido que la Tierra se le quedaba pequeña y ha subido a reclamar su trono en el Valhalla, ese Olimpo de distorsión donde Scott Columbus ya debe estar aporreando los parches para darle la bienvenida.

Hablar de Ross es hablar de los cimientos de un muro de sonido que nos voló la cabeza a todos. Líder de los Manowar auténticos, el arquitecto de esos himnos que nos hacían sentir invencibles cuando solo éramos unos chavales con parches en la chupa. Pero Ross no era un músico de conservatorio que buscaba la nota perfecta; era un tipo con la actitud de quien sabe que, si hay una pelea, él va a ser el último en quedar en pie. Por algo lo llamaban The Boss. No era marketing, era una puta jerarquía.

Hay momentos que se quedan grabados a fuego, y lo que vivimos en Sevilla con su banda homónima fue una de esas noches que solo el Metal puede parir. El cantante estaba jodido, la voz se le había ido al carajo y el concierto pendía de un hilo. En cualquier otro género, habrían cancelado, devuelto las entradas con una disculpa tibia y a casa. Pero con Ross en el escenario, eso no era una opción.

Él mandaba. Él decidía. Y decidió que esa noche, el espectáculo éramos nosotros.

Con esa pose chulesca y vacilona que solo un tipo que ha inventado el Power Metal puede permitirse, empezó a señalarnos. «¡Tú! ¡Sube aquí!». Ross nos iba subiendo al escenario por turnos, como quien recluta mercenarios para una carga suicida. No importaba si afinabas o si berreabas como un gorrino: allí arriba, al lado de su figura imponente, te sentías parte de la leyenda. Ross descargaba riff tras riff, con esa mano derecha que parecía un mazo, castigando las seis cuerdas mientras nos miraba con ese aire de «Venga, chaval, demuéstrame que tienes sangre en las venas».

Fue un despliegue de actitud canalla. Él controlaba el tempo, él dominaba el escenario y nosotros éramos sus soldados, entonando los himnos míticos de Manowar en una comunión de sudor y decibelios que ninguna grabación podrá jamás replicar.

Ahora que Ross ha dejado este plano, no imagino un funeral de flores blancas y coros celestiales. Lo imagino ascendiendo rodeado de una neblina de amplificadores al once. Sus seis cuerdas, esas que nos hicieron vibrar el pecho en salas llenas de humo, son ahora las que forman su lecho de gloria.

  • El Legado: Nos deja una carrera que es un manual de resistencia. Desde el punk-rock de los Dictators hasta la épica más absoluta.
  • La Actitud: Nunca se arrodilló ante las modas. Si no era ruidoso, no era Ross.
  • El Reencuentro: Imagino el primer ensayo allá arriba. Scott dándole al bombo con la fuerza de un volcán y Ross conectando su guitarra al rayo de una tormenta.

Se ha ido un jefe, un tipo que entendía que el Rock and Roll es chulería, volumen y hermandad. Gracias por los acoples, gracias por el desprecio a lo comercial y, sobre todo, gracias por aquella noche en Sevilla donde nos hiciste sentir, aunque fuera por cinco minutos, que nosotros también podíamos mandar sobre un escenario.

Descansa en paz, Boss. Si el trueno suena más fuerte esta noche, ya sabemos quién está moviendo el potenciómetro.

¡Hail and Kill!

Francisco Javier Torres Gómez

Nota de redacción: Podéis leer la crónica del concierto al que hace referencia Javi Torres en este enlace.

También lo vimos en el Z! Live 2023: crónica aquí.

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