Y llegó Baphomet

Y llegó Baphomet...

     En esta ocasión, nuestro colaborador Francisco Javier Torres Gómez os trae  una versión alternativa del primer relato que publicamos en esta serie, «El riff de Belcebú», donde no faltarán los riffs infernales y las voces de ultratumba.

¡Leed, insensatos!

Y llegó Baphomet
Imagen generada mediante a IA de Ideogram por A. Gil.

     La banda Hijos de Satán estaba culminando el mejor concierto de su larga gira por garitos inmundos. Esa noche, el lugar estaba lleno hasta los topes, con los fanáticos más acérrimos apiñados en el pequeño espacio, entregándose por completo al rugido de las guitarras y al estruendo de la batería. El ambiente era denso, cargado de humo y adrenalina, mientras la voz desgarradora de Víctor, el vocalista, resonaba por todo el local.

Cada miembro de la banda, desde Alejandro en la guitarra, Carla en el bajo, hasta Raúl en la batería, daba lo mejor de sí. La conexión con el público era palpable, y todos sabían que esta noche sería inolvidable. Lo que no podían imaginar era cuán inolvidable sería realmente.

En medio del frenesí de la última canción, las luces del escenario comenzaron a parpadear de manera extraña. Un silencio expectante cayó sobre la multitud. Una figura alta y sombría emergió entre las sombras del backstage, avanzando lentamente hacia el centro del escenario. Vestido con un manto oscuro que parecía absorber la luz, sus cuernos prominentes y la figura mitad humana, mitad cabra, lo delataban al instante: Baphomet, el príncipe de los demonios y el ídolo oscuro al que tantas canciones habían dedicado.

Los miembros de la banda se quedaron petrificados, sus instrumentos colgando inútiles en sus manos. Los asistentes, al principio incrédulos, comenzaron a vitorear con una mezcla de pavor y reverencia. El propio Baphomet, con su voz profunda y resonante, tomó el micrófono de Víctor.

—Hijos de Satán, vuestras ofrendas musicales han llegado a mis oídos. Esta noche, cantaré con ustedes los himnos que me han dedicado.

El silencio se rompió con un rugido ensordecedor del público. Víctor, recobrando el sentido, hizo una señal a la banda. Carla, con un temblor en las manos, empezó a tocar las primeras notas de «El Llamado de las Sombras», una de sus canciones más oscuras y potentes, dedicada específicamente a Baphomet.

Baphomet comenzó a cantar, su voz unía lo gutural y lo melódico en una forma que ninguna garganta humana podría emular. La mezcla de su voz con la de Víctor creó una armonía infernal que resonaba en cada rincón del local. Las luces se tornaron rojas y negras, pulsando al ritmo de la música, creando una atmósfera que parecía arrastrar a todos a las profundidades del abismo.

A medida que avanzaban con las canciones, la energía en la sala alcanzaba niveles sin precedentes. Los riffs de Alejandro eran más afilados, el bajo de Carla más penetrante, y los tambores de Raúl parecían latir con el mismísimo corazón del infierno. Cada canción era un acto de devoción, una ceremonia oscura en la que Baphomet guiaba a la banda y al público a través de un viaje musical que desafiaba la realidad.

Cuando el último acorde de «Sangre y Fuego» se desvaneció en el aire, Baphomet levantó las manos y la multitud cayó en un silencio reverente. Sus ojos brillaban con un fuego antiguo mientras dirigía su mirada a los miembros de la banda.

—Hijos de Satán, esta noche habéis sellado vuestro lugar en las crónicas de lo eterno. Vuestro nombre será recordado en los anales del inframundo, y vuestras canciones resonarán en los oscuros rincones de la eternidad.

Con esas palabras, Baphomet se desvaneció en una nube de humo sulfuroso, dejando tras de sí un vacío tangible. La banda, aún conmocionada, miró al público que estalló en aplausos y vítores.

Esa noche, Hijos de Satán se convirtió en leyenda. Los rumores de su concierto con Baphomet se extendieron como la pólvora, y su fama se disparó más allá de cualquier expectativa. Cada vez que tocaban «El Llamado de las Sombras», la gente se preguntaba si el príncipe de los demonios volvería a aparecer. Pero los miembros de la banda sabían que esa noche había sido única, una noche en la que lo terrenal y lo infernal se habían fusionado en una sinfonía de oscuridad y poder.

Y así, Hijos de Satán siguió su camino, siempre en busca de recapturar ese momento trascendental, sabiendo que habían vivido algo que solo unos pocos elegidos podrían comprender realmente.

Francisco Javier Torres Gómez

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